Eran casi octogenarios. Formaban una pareja de las más queridas en el barrio. Me imagino que les queríamos por todas y cada una de las singularidades que les adornaban como individuos y, sobre todo, como pareja.
A ella la llamábamos, los más cercanos, el ángel solidario porque había dedicado parte de su vida a ayudar a los más desfavorecidos: Todavía, a pesar de que la edad ya no le permitía grandes esfuerzos, se la seguía viendo organizar actividades de recogida de alimentos, juguetes o ropa para las familias que lo habían perdido todo. Recuerdo que una vez le pregunté si no temía que la engañaran, que estuviera ayudando a alguien que después iba a vender lo que, con tanto esfuerzo, había recogido; y ella me dijo que si alguien vendía la ropa o los alimentos debería ser porque le hacía más falta el dinero. Era la bondad personificada, siempre con una sonrisa en la boca y un comentario agradable en los labios.
A él le decíamos el rojo de mierda, pero cariñosamente y a sus espaldas porque gastaba un genio de mil demonios. Había estado inmerso en todas las luchas sociales de los últimos 50 años y todavía volvía hecho una furia de las manifestaciones porque "¿cómo le llaman manifestación a una panda de chavales con zancos, panderetas y narices de payaso? Eso es una romería" Tenía la teoría de que manifestarse era un signo de rechazo y de enojo (él utilizaba otra palabra) contra los poderes públicos por permitir y fomentar la desigualdad social. ¡Había que oírle en esos momentos!
Cuando estaban juntos, que era la mayor parte del tiempo, él se transfiguraba. El viejo luchador vociferante se convertía en un ser dulce y sonriente, pendiente en todo momento de los deseos y necesidades de su compañera. Siempre iban cogidos de la mano o del brazo y era precioso verlos cuando, de repente, se daban un beso o se abrazaban. Parecían dos adolescentes en su primera cita.
La única vez que le vi a él levantar la voz delante de ella, fue en un restaurante donde solíamos coincidir; y fue porque, como siempre, mientras esperaban que les sirviesen la comida se miraban con ternura y se cogían la mano a través de la mesa, y, también como siempre, él se levantó de repente para darle un beso a ella. Los que les conocíamos nos sonreímos, pero en la mesa de al lado suyo había una pareja de cincuentones que empezaron a rezongar y comentar sobre la desvergüenza de algunas personas. Él, en cuanto les oyó, se acercó a su mesa y les dijo que inmediatamente pidieran perdón a su compañera por haberse atrevido a tildarla de desvergonzada, que ellos no podían molestar a nadie por estar orgullosos de expresar su cariño cuando y donde quisieran, que el amor es el sentimiento más hermoso de todos y no era una deshonra mostrarlo. Así siguió durante unos minutos, mientras ella le hacía señas para que lo dejara; hasta que a la pareja de criticones no les quedó más remedio que levantarse, pedir perdón y marcharse del local. Mientras él volvía a su mesa, más orgulloso que un pavo real, el silencio que se había hecho en el restaurante se rompió cuando desde todas las demás mesas empezamos a aplaudirles. Se me pusieron los pelos como escarpias cuando vi que, en más de una mesa, las parejas empezaban a hacer manitas sobre el mantel.
Pero la vez que más me emocionaron fue un 22 de julio en el mismo restaurante. Ese día los hijos y nietos de la pareja venían a comer con sus padres, luego me enteré que venían de todas las partes del mundo, pero el 22 de julio no faltaban ningún año. Pues bien, antes de que les sirvieran la comida se cogían todos de la mano, niños y adultos, y de improviso uno decía "¡Apostamos!" y todos contestaban a coro "¡Apostamos!", hasta los más pequeños. Era un momento sobrecogedor y a partir de ese momento comenzaban las risas y bromas de los unos con los otros; parecía una reunión de viejos amigos más que una celebración familiar. Se respiraba amistad y cariño.
Una vez coincidí con él en la peluquería y nos pusimos a charlar. En un momento dado le pregunté como era posible esa transfiguración tan radical que sufría cuando estaba delante de ella. "Un buen día" me contestó "el Destino me puso delante a un ángel, a una mujer extraordinaria y, cuando creía que ya no me iba a volver a pasar, me enamoré de ella como un cadete. En ese momento decidí armarme caballero para servir a mi dama y dedicar el resto de mi vida a luchar por su felicidad. Cuando ella no está tengo que ser duro porque los malos espíritus y los dragones acechan detrás de cada esquina, pero cuando estoy con ella, y me transmite toda su bondad y su inmensa capacidad de amar, me quito la armadura y cambio la espada por el laúd para entretener a mi amada"
No se lo digáis a nadie, pero en el barrio estamos haciendo una colecta para que, el día en que nos falten, pongan una placa en el portal de su casa que diga: "Aquí vivió una pareja de amantes que dejaron a la altura del betún a Romeo y Julieta, Calixto y Melibea y a los amantes de Teruel (tonta ella y tonto él). Gracias de parte de vuestros vecinos que aprendimos a amar fijándonos en vosotros"
















